Rodrigo Díaz de Vivar, alias “El Cid”, se convirtió en un héroe de “La Reconquista”, símbolo de los valores cristianos de España frente al invasor musulmán en la historiografía típica. Pero el Cid no fue ese tipo de héroe, el Cid fue un hombre de su tiempo, un hombre que luchaba por sobrevivir y por hacer fortuna, en una época no de “Reconquista”, sino de expansión feudal de unos reinos cristianos españoles frente a unos reinos musulmanes igualmente españoles. El Cid fue un héroe para cristianos y musulmanes, pero lo fue porque supo hacer fortuna en base a su calidad como mercenario, porque solo él resistió la marea de la intolerancia religiosa almorávide desde su reino de Valencia.
La figura del Cid surge en un contexto de cambio dentro de la España Medieval. Tras la desaparición del Califato de Córdoba en el 1008 habían surgido los reinos de Taifas, reinos autónomos creados por los distintos ejércitos del Califato: ejércitos de nobles árabes, ejércitos de mercenarios beréberes y ejércitos de mercenarios eslavos. Los reinos de Taifas destacaron por su alto grado de desarrollo económico y cultural y por su tolerancia en materia religiosa, floreciendo la filosofía. También se caracterizaban por su constante guerrear entre ellas; poco a poco las Taifas más grandes absorbieron a las más pequeñas. Pero eran débiles militarmente y solían pedir ayuda a sus vecinos cristianos en los constantes conflictos que mantenían entre sí.
La conquista del reino taifa de Toledo en 1085 por obra de Alfonso VI puso de manifiesto la incapacidad militar de los reinos de Taifas hispano-musulmanes para defenderse de los ejércitos cristianos. Conscientes de su debilidad militar, habían estado pagando oro a sus vecinos cristianos a cambio de paz y apoyo militar: las llamadas “parias”. Pero los cristianos ya no se contentaban con el oro. Aprovechando la desunión de los diferentes reinos de Taifas y las constantes guerras entre ellos, se expandieron hacia el sur. La conquista de Toledo fue la puerta hacia una expansión aún mayor hacia los ricos reinos de los valles del Guadiana y Guadalquivir, objetivo codiciado sobre todo por el reino cristiano de Castilla.
La amenaza hizo que el rey Al-Mutamid de la Taifa de Sevilla pidiera ayuda a sus vecinos almorávides del Norte de África. Pero la ayuda salió cara. Los almorávides o “al-murabitum” (defensores del ribbat) eran rigoristas religiosos y defensores de la guerra santa. Fanáticos que habían creado un imperio en el norte de África dirigidos por Yusuf-Ibn Tasufin y que pretendían conquistar toda la Península y extender la Jihad. El rico periodo de prosperidad económica, cultural y tolerancia religiosa de los reinos de Taifas llegaba a su fin, siendo sustituido por el fanatismo religioso y la ignorancia. Los almorávides dominaron la península del 1090 al 1172, imponiendo la intolerancia y el rechazo común de cristianos, judíos y musulmanes andalusíes hacia estos beréberes. Solo un hombre resistió el avance de la Jihad: Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid Campeador.
Rodrigo Díaz nació en Vivar, Burgos, en 1043. Era un “infanzón”, es decir, miembro de la baja nobleza. Desde muy joven destacó por su habilidad en el uso de las armas en duelos singulares, lo que le valió fama y el sobrenombre de “Campidoctor” o Campeador. Ascendió en la corte del rey Sancho II de Castilla y llegó a ser “alférez del reino”, portaestandarte del Rey. Combatió al lado de Sancho II contra sus hermanos Alfonso y García para incorporar los reinos de León y Galicia al de Castilla. Pero Sancho II fue asesinado en Zamora en 1072. Rodrigo hizo jurar en Santa Gadea, Burgos, a Alfonso, nuevo rey, que no había participado en el asesinato de su hermano, como condición para jurarle lealtad.
Con Alfonso VI en el trono, la situación de Rodrigo fue difícil. El rey se rodeó de alta nobleza, que despreciaba a los infanzones como él. El único honor recibido fue su matrimonio con Jimena Díaz, hija del conde de Oviedo y sobrina del rey, en 1074. Sin embargo, Rodrigo fue relegado y acusado varias veces de delitos, como quedarse con dinero del rey durante el cobro de parias. Una incursión de saqueo no autorizada en tierras de Toledo en 1081 le acarreó el destierro, instigado por su enemigo en la corte, García Ordóñez, conde de Nájera.
Desterrado, Rodrigo se convirtió en mercenario y entró al servicio del rey musulmán Al-Muqtadir de Zaragoza. A la muerte de éste, sus hijos Al-Mutamín y Al-Hachib se disputaron el poder. El Cid apoyó a Al-Mutamín de Zaragoza contra Al-Hachib de Lérida, auxiliado por el conde de Barcelona y el rey de Aragón-Navarra, a quienes derrotó en 1082, capturando al conde Ramón Berenguer y obteniendo un gran rescate. Posteriormente, Zaragoza fue invadida por Castilla y el Cid se negó a combatir contra su antiguo rey, decisión respetada por Al-Mutamín.
La caída de Toledo en 1085 provocó la intervención almorávide. La gran victoria almorávide en Sagrajas en 1086 destrozó al ejército castellano y acabó con gran parte de su nobleza. Como consecuencia, Alfonso VI perdonó al Cid y pidió su ayuda para defender Valencia. Pero el retraso del Cid en socorrer Aledo en 1089 le valió un nuevo destierro.
Tras ello, volvió a intervenir en las guerras entre Zaragoza y Lérida, venciendo y apresando de nuevo al conde de Barcelona en 1090. Posteriormente, se puso al servicio de Al-Qadir de Valencia. Tras el asesinato de este, el Cid ocupó la ciudad y estableció su propio protectorado, gobernando según las leyes musulmanas y siendo bien considerado por cronistas musulmanes. Se alió con el rey Alfonso y el conde de Barcelona contra los almorávides y derrotó a Yusuf en Cuarte (1094) y Bairén (1097), siendo el único capaz de derrotarles militarmente.
En sus últimos años, se dedicó a sellar alianzas: nombró obispo de Valencia a Jerónimo de Perigord en 1098 y casó a sus hijas con grandes linajes: María con Ramón Berenguer III de Barcelona y Cristina con Ramiro de Navarra, madre del futuro rey García de Navarra. En 1099 murió Rodrigo. Su viuda Jimena defendió Valencia hasta 1102, cuando la ciudad fue abandonada e incendiada, llevando los restos del Cid al monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos.
El contraste entre las derrotas de Alfonso VI y las victorias del Cid causó gran impresión en cristianos y musulmanes. El conde Rodrigo Díaz de Vivar, El Cid, fue mercenario gran parte de su vida, pero siempre con honor. Su valentía y coherencia lo convirtieron en héroe. El “Cantar de mio Cid” lo inmortalizó como caballero cristiano, aunque en realidad fue un hombre de su tiempo, amigo de cristianos y musulmanes. El Cid siempre será recordado como un modelo de tolerancia, honor, lealtad y valor.






